BARRA DE MENÚ

Weymar: gracias por la visión, por la fuerza y por mostrarnos el camino

Todavía siento el nudo en la garganta que aparece cuando una noticia llega sin avisar, como si el mundo hubiera hecho un silencio raro. Weymar se fue de repente, y la palabra “de repente” se queda corta: porque no solo habla de la velocidad de la despedida, sino del vacío que deja. Un vacío que no se llena con explicaciones, sino con memoria… y hacia Weymar, con muchísima gratitud.

Lo escuché. Lo vi hablar del ajedrez como si fuera una manera de entender la vida, con una pasión que te sacudía por dentro. A veces, mientras hablaba, miraba alrededor y veía asombro: una mezcla de “¿esto sí es posible?” con “¿cómo no lo habíamos pensado antes?”. Weymar tenía eso: una capacidad casi incómoda de romper la costumbre, de hacerte sentir que lo que dabas por hecho podía —y debía— cambiar:

“Avancemos, mijito… avancemos.”

No era perfecto, y quizá por eso su huella es más humana. Porque no se trataba de una figura distante, inalcanzable. Era alguien que se metía de lleno, se comprometía, insistía. Había ideas suyas que para algunos sonaban a locura. Lo escuché más de una vez: “está loco”, “eso aquí no funciona”, “eso es imposible”. Y, sin embargo, él no se detenía en la etiqueta de “locura”: lo tomaba como combustible, como una señal de que estaba viendo una jugada —o muchas— más adelante, cuando otros todavía estaban calculando el movimiento anterior.

Lo que más me marcó de Weymar no fue solo lo que soñaba, sino cómo lo aterrizaba. Porque soñar, soñamos muchos. Pero él hacía algo distinto: ponía el sueño sobre la mesa, lo convertía en plan y luego lo empujaba hasta que empezaba a ocurrir. En su paso por la rectoría del ajedrez, que hoy siento demasiado corta, no se limitó a sostener lo que ya existía. Nos mostró cómo y hacia dónde virar, nos hizo mirar el tablero completo, no solo la jugada del momento. Nos recordó que el ajedrez puede y debe dirigirse con visión, con valentía y con decisión.

“¡Avancemos, avancemos!”

Yo me quedo con su voz. Con esa manera suya de decir las cosas, de encender discusiones, de incomodar la comodidad. Con esa energía que, incluso cuando uno estaba cansado o escéptico, te empujaba a pensar: “bueno… intentémoslo”. Me quedo con esa sensación de haber estado frente a alguien que creía de verdad. Y cuando alguien cree de verdad, contagia, cambia ambientes, mueve a otros y deja marca.

Hoy duele porque su partida nos agarra en plena conversación, como si hubiera quedado una frase a medias, como si todavía hubiera una idea más que iba a soltarnos con esa sonrisa segura de quien ve el camino antes que los demás. Y, sin embargo, si algo aprendí de él es que el camino no se vuelve invisible porque falte quien lo señaló primero. El camino queda: queda en lo que inició, queda en lo que nos dejó pensando, queda en los proyectos que no pueden permitirse morir en la tristeza.

A veces se habla del “legado” como una palabra bonita para cerrar discursos. Pero con Weymar no es un adorno. Su legado está vivo. Está en nuestra nueva forma de mirar el ajedrez a partir de ahora. Está en la pregunta que nos deja: ¿vamos a seguir igual, o vamos a atrevernos a empujar lo que él empezó a mover? Está en la responsabilidad que nos cae encima: que lo que él soñó no se quede en anécdota, sino que se convierta en continuidad. Así, él vivirá para siempre en nuestros corazones, nuestra memoria y nuestro ajedrez.

Hoy no solo lo despido. Hoy lo agradezco: por el impulso, por la visión, por la insistencia. Por mostrarnos que el ajedrez también necesita liderazgo que se atreva. Por demostrarnos que algunas “locuras” son simplemente verdades que llegan antes de tiempo.

Weymar

A su familia quiero que sepan que Weymar no se va solo en el recuerdo íntimo de los suyos: se queda también en la memoria colectiva de quienes lo escuchamos y nos sentimos llamados a creer un poco más.

Weymar se ha ido de repente, sí. Pero no se ha ido del todo. Se queda en nuestras retinas, en ese gesto de asombro que tantas veces provocó, y en el compromiso que nos toca asumir. Se queda como una luz que incomoda, que guía, que empuja.

Y si hoy el dolor pesa, que al menos nos recuerde esto: hubo alguien que vio el camino y tuvo el valor de señalarlo.

Descansa en paz, Weymar.
Gracias por la visión.
Gracias por la fuerza.
Gracias por mostrarnos el camino.

Mauricio Ríos Parra
Ajedrecista ♟️